Y la tierra se perdió bajo la gente que bailaba, los chicos que corrían hacia la esquina donde se disponían a tirar cañitas con una botella de sidra vacía y los más grandes que revisaban los vasos de las mesas, para ver si había quedado alguno limpio donde servirse ananá fizz.
La pista invitaba: “Los Pibes”,tocaron un rejunte de rock nacional que iba a terminar con su versión “a todo punk”, como decían ellos de “Espadas y serpientes” . Nico, el vocalista, se colgó la guitarra de nuevo, alguien lo chistó desde un costado. Era Claudia. Nico largó la viola, con una sonrisa de oreja a oreja:
– ¿Me llamaste a mi? ¿Querés que hablemos?-le preguntó él-estás hermosa con esos rulos ochentosos, te parecés a las de “Las Primas”.
Claudia ya tenía mala cara, pero Nico comprendió que gracias a su comentario podía tenerla aún peor:
-Nicolás, sabés que el cierre de la fiesta lo tengo yo, te pido que termines con una balada, así me dejás al público tranqui ¿podés hacerme ese favor o es demasiado pedirte?
-Clau, vos me podés pedir lo que quieras ¿Nunca me vas a perdonar?
Claudia suspiró, se arregló el pelo y le dijo:
-Como quieras. Tenés cinco minutos porque mi show está listo.
Nico volvió al escenario arrastrando los pies, agarró la guitarra se dio vuelta y le dijo algo al resto de los miembros de la banda que pusieron caras de sorprendidos. Las luces bajaron, y la guitarra emitió acordes poco conocidos para los seguidores de “Los Pibes” (los habitantes de La Calle de Tierra, obvio). Nico se acercó al micrófono y comenzó:
No hace falta que me mires
No hace falta que lo digas
No hace falta que me expliques
cuando lloras o te ríes.
No hace falta decir
que me quiero morir a tu laaaado
Te amoooooooo…
Loli, paró de levantar la mesa y me agarró de un brazo:
-decime si no le sale igual que a Lerner…yo siempre se lo digo, pero el inisiste con el pank y esas cosas, y se pone esos pantalones y la campera con el calor que hace y…
Casi no la escuchaba, la idea del clericó había prendido en más de uno; y si bien la abuela Hilda no había aparecido, toda la ensalada de frutas fue a parar a la mezcla.
Como pudimos, todos los asistentes rodeamos a la cumpleañera que estaba bailando frente a la tarima. Ella lloraba, y a cada uno nos decía:
-Gracias por venir, de verdad, no es porque esté borracha, de verdad, que linda fiesta…
Lo cierto es que los únicos sobrios eran los niños, los más chiquitos, a los que no dejaban jugar con petardos todavía: algunos miraban al escenario como diciendo “qué hammmmbre” y otros buscaban a sus padres entre las parejas que se iban armando al ritmo de la balada, para decirles “¿cuándo nos vamos?”
Cuando terminó, fue una ovación: La Bruja, Loli, el Padre Luis, las chicas del club, Homero y yo no parábamos de aplaudir, y hasta los pibes de la banda “Pisando cucarachas descalzo”, los metaleros de la Calle de Tierra al fondo, chocaron sus palmas y alguno llegó a decir, creo que el gordo Viruela, “Qué grosos son”.
Nico fue emocionado hacia Claudia. Ella lo miró con odio, le pegó flor de sopapo y siguió su camino hacia el micrófono.
-Pero si le djé al público re tranqui como quería ella…-le decía Nico al resto de la banda.
Las luces se apagaron de nuevo, y Claudia, toda Valeria y más Lynch que nunca, también cambió el orden de los temas y arrancó con “Qué ganas de no verte nunca más”. Nico, devastado, se sentó a tomar una cerveza en uno de los ángulos de la Pelopincho donde se enfriaban las bebidas.
El recital fue un éxito, y a pedido de la Bruja, Claudia cerraba el show con “La extraña dama”, las chicas estábamos como locas.
Claudia cantaba, y al llegar al verso de Mujer valoooooooor, de pronto se calló como si hubiera visto un fantasma. Todos nos dimos vuelta, y vimos llegar a la Abuela Hilda, maquillada y peinada de peluquería, con el trajecito que se había hecho para sus 85. Una diosa.
El gordo Viruela corrió hacia ella y la abrazó:
-Abuela, ¿Adónde te fuiste empilchada así? Pensé que se te habías ido a jugar al dominó con las chicas del geriátrico.
-¡Pero qué decís, nene! Me fui al programa de Galán
Nico dejó la cerveza, Claudia el micrófono, y con la Bruja y las chicas del club, sosteniéndonos entre nosotras, nos acercamos todos a ella. Hilda puso los ojos en blanco, suspiró y nos dijo:
-No. No me enganché a nadie…¡Eran todos viejos!
Y sí, nos reimos un rato largo. Lo lindo fue que cuando parecía que la fiesta terminaba, juntamos las sillas y seguimos cantando hasta que la voz se nos puso ronca.
Con las chicas del club quedamos en armar un homenaje a Cesar Banana Pueyrredón. Hilda se anota, con la condición de que no le contemos al nieto…