martes, 14 de octubre de 2008

Puente Pueyrredón

Me levanté y fui a pedirle el auto a mi primo, siempre se lo pedía cuando iba al bar de Solos y Solas. A la vuelta en un semáforo compré el diario. Miré la tapa mientras esperaba la luz verde y leí que habría un corte en Puente Pueyrredón. Ahí fue que se me ocurrió que un embotellamiento era el lugar ideal para conocer a una mujer.
Cuando llegué al piquete quedé desconcertado. Había pocos autos, la gente debió haber tomado por otros caminos para evitar el embotellamiento. Me quedé en el coche. Escuché música y leí el diario hasta que me dolió la cabeza de tanto estar encerrado. Después de pensarlo unos minutos decidí bajar y acercarme a los manifestantes. Eran unos cuantos hombres, lástima que las pocas mujeres que había debían ser las esposas. Estaban bien equipados: bombos, bandera y mate. Uno de ellos, hombre alto de contextura maciza, me preguntó:
— ¿Vos quién sos?
Tenía cara de pocos amigos, le respondí de manera amable:
—Francisco, mucho gusto ¿Ustedes son del Movimiento Patria y Bolas de Fraile?—les dije mientras leía una de las banderas— ¿Qué es eso? ¿Una rama del sindicato de pasteleros?
—No—me respondió— Con esa gente no tenemos nada que ver. Yo soy Juanca, el jefe.
Acepté un mate. Juanca me contó que reclamaban por el uso de crema pastelera no transgénica y artesanal. Hablaba del proceso de elaboración cuando se detuvo de golpe:
— ¿Pero vos que hacés acá? No serás rati.
— No, nunca. Yo busco una mujer.
Los otros hombres me deben haber escuchado porque se hizo un silencio. Les conté que estaba solo y de mis intentos fallidos de conocer a una mujer. Me pareció que algunos se aguantaban la risa, otros se alejaron del grupo pero llegué a oír carcajadas. Juanca mandó a dos compañeros a buscar pintura y “un buen trapo”. En menos de media hora los muchachos aparecieron con una bandera que decía “UNA MUJER PARA FRANCISCO. SIEMPRE EN LA LUCHA: MOVIMIENTO PATRIA Y BOLAS DE FRAILE”. El recurso me pareció un poco exagerado, pero Juanca dijo que la causa era más que noble y que se quedarían en el puente hasta que me fuera bien acompañado.
Ya íbamos por la enésima rueda de mate. El auto de mi primo se había convertido en el refugio de los hijos de los manifestantes. El embotellamiento no se armaba y los pocos autos que se aventuraban al puente pasaban sin problemas: los muchachos, a pesar de su espíritu combativo eran fáciles de convencer.
En un momento sentí que mi idea era un disparate. Las mujeres no aparecían y no me animaba a decirle a Juanca que me quería ir. Él parecía advertir mi desilusión, me pidió el celular para hacer un par de llamados. Los bombos no me dejaron escuchar con quien hablaba ni que decía pero era evidente que se refería a mi.
Estaba por cambiar la yerba otra vez cuando aparecieron cientos de mujeres por los dos extremos del puente: por el lado de la provincia, el Sindicato de Prostitutas de Avellaneda y desde capital, la Unión de Mujeres Públicas de Constitución. Pero lo más sorprendente fue escuchar como coreaban mi nombre.
— ¿Vos querías mujeres? ¡Ahí tenés! Elegí tranquilo, es gente amiga, lo mejor del mercado—me dijo Juanca orgulloso. No veía que los bandos estaban por enfrentarse en medio del puente. El caos estaba cerca. En una decisión de kamikaze me paré entre las meretrices representantes, que no paraban de insultarse, y grité:
—Por favor, escuchen, escuchen: yo soy Francisco.
El puente se silenció. Las mujeres dejaron de agredirse y me ofrecieron los más insólitos y completos servicios, pero las tuve que volver a interrumpir.
—Señoras, Ustedes merecen todo mi respeto pero la mujer que busco es una compañera para toda la vida. Una esposa.
Ambas jefas me miraron desilusionadas. Los chiquitos que dormían en el auto se despertaron con tanto grito. De a poco se asomaban por las ventanillas y les decían a sus madres si podían convidarles bolas de fraile a las señoras de poquita ropa.
La representante de Avellaneda llamó a una de sus chicas, una morocha muy bonita con actitud más bien tímida, y me dijo:
—Ella es Laurita, me tiene podrida con que quiere abandonar la profesión y casarse, se me enamora de los clientes, es un desastre. Si la quiere se la doy por la mitad del precio en que me la dejaron, para cubrir el vestidito que tiene ¿Vio? es nuevo. Laurita, dale, hacele una sonrisita al señor.
No sabía que decir: Juanca, Laurita, las representantes de Avellaneda y de Constitución parecían esperar mi veredicto. Por suerte sonó el celular. Mi primo estaba furioso porque los chicos le estaban usando el capó del auto para amasar. Lo había visto en la tele. El alboroto de la bandera con mi nombre y el arribo de las prostitutas habían atraído a la prensa. Le dije que yo me haría responsable de todo. Le estaba por cortar cuando, a manera de resarcimiento, me pidió que le llevara una docena de bolas de fraile que le encantaban.
Ahora sí el puente estaba lleno pero de manifestantes y curiosos que hacían cola tras una olla enorme colmada de bolas de fraile. Los muchachos las sacaban embebidas en aceite y las escurrían en una fuente cubierta de papel madera que desaparecía a los pocos segundos. Todo olía a fritura.
Todavía no había resuelto que hacer con Laurita, cuando los periodistas se abalanzaron sobre una visitante a la que no llegaba a ver bien. Tenía pelo rubio platinado y enormes anteojos. Se acercó a mí, dijo que se llamaba Marta que era artista plástica y que quería hacer la escultura de un cuerpo femenino de bolas de fraile que se llamaría “La mujer para Francisco”. Le agradecí sin saber bien porque y Juanca dio el visto bueno para comenzaran la obra.
Marta tuvo que insistir un poco pero consiguió que Laurita fuera su modelo. La hizo parar desnuda como a la Venus de Botticelli sobre un montón de bolas de fraile. Estaba roja y muy nerviosa, solo se movió para agarrar una hoja de diario y taparse lo que pudo. Los chicos, y algunos más grandes, repetían a los gritos: “Que se saque la hoja, que se saque la hoja”. Yo traté de acercarle mi saco, pero me miró y, con un gesto desafiante, dejó caer el diario y posó como una modelo profesional. Aproveché y me quedé observándola un rato, hasta que Juanca vino a buscarme, necesitaba que lo ayudara a limpiar: había crema pastelera por todas partes.
El trabajo de Marta duró varias horas. Laurita después de mucho vacilar se acercó y me preguntó si me gustaba la escultura. Mientras le alcanzaba su vestidito que había quedado en el suelo, le respondí
—Sí. Muy artístico, muy cuidado.
Estaba cansado, por suerte pude dormir en una carpa medio destartalada. El auto seguía oficiando de guardería sindical.
El sol pegaba fuerte en las nucas cuando levantamos todo para irnos. Marta tomó los últimos mates y les regaló la obra a los muchachos del Sindicato. Juanca me despidió con un abrazo y me dijo:
—La lucha debe continuar, compañero. Dentro de una semana nos encontramos acá.
Busqué un rato a Laurita en el puente pero al parecer se había marchado con las demás en la madrugada, según me dijeron los chicos mientras desocupaban el coche. Antes de irme, le pedí a Juanca el teléfono del burdel de Avellaneda.
Volví a mi casa solo, con varias docenas de bolas de fraile.
Pasaron varios meses, todas las semanas fui al puente, pero solo a matear con los amigos. La bandera la tengo colgada en casa tapando una mancha de humedad gigante, al lado de una foto autografiada por Marta y Juanca de “La Venus de Fraile”, como la bauticé.
No tuve mi embotellamiento deseado, pero la pasé bien. Hoy me animé: la llamé a Laurita y la invité a salir. Vamos a ver que pasa.

3 comentarios:

Ojaral dijo...

Ah, bueno, qué alivio. Ya pensaba que el pancho se iba a quedar solo con las bolas de fraile. Me gustó la Laurita, van a hacer una linda pareja.
Saludos.

Bruja dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Bruja dijo...

me gustan esas historias de amor... qué bueno que Pancho se anima y la llama. Ya es todo un militante...