domingo, 20 de septiembre de 2009

jueves, 17 de septiembre de 2009

Tinta negra

Saca la vista de la pantalla, donde el excell escupe números y letras que se supone son personas que compraron un poco de felicidad. Mira por la ventana: el día que prometía acuarelas, trajo tinta china, carbonillas y aguadas a base de café.
Nunca amaneció, piensa ella y vuelve a mirar su computadora; siente que en cualquier momento llamará Phoebe y tendrá un diálogo parecido al que mantuvo con Jason Alexander en aquel capítulo de Friends.
El recuerdo de Friends le arranca una leve sonrisa. Pero se va.
Ella quiere un cómo estás; un ¿todo bien?
un marroc en el escritorio
un libro viejo de Parque Rivadavia
un recorte de diario
alguna pregunta porque sí
un meil porque sí
Y si la dejás volar, también quiere una fiesta sorpresa.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Invasión

Me encantan los libros, quiero leerlos todos. En casa hay dos bibliotecas, repletas y desbordadas.
-Tenemos que hacer algo-le digo a Julio-poner estantes, acomodarlos. Si seguimos así, se van a rebelar y nos vamos a tener que ir, como en Casa Tomada.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Del otro lado de Fernández

Tenía tres años, era sábado y me había quedado en casa de mis abuelos: un chalet enorme (por lo menos lo recuerdo así) en Fernández al 400, una calle tranquila con árboles y veredas anchas en Floresta. Al lado vivía una familia con varios hijos, y yo solía jugar con Aníbal, el menor de todos. El era más grande, tenía una gomera, sabía andar en bici sin rueditas y cazar insectos. Me limitaba a envidiar su sabiduría. Era el cumpleaños de Aníbal y me habían invitado. Mi abuela me hacía un vestido para cada fiesta, en esta ocasión estrené uno celeste de corte princesa.
Cerca de las cinco mi abuela me llevó, la invitaron a quedarse pero explicó que tenía gente a cenar y debía preparar la comida y que me dejó. Me aburrí, mucho. En el comedor estaba la familia y cuando las tías se cansaron de pellizcarme los cachetes luego del “esta es la nieta de Beatriz, mirá que grande que está”, ya no me prestaban atención. En el patio había muchos chicos que jugaban a ponerle la cola al burro y al huevo podrido, pero eran compañeros de escuela de Aníbal, no me conocían y eran más grandes. Por fin, después de mucha Fanta y de no agarrar nada de la piñata, llegó el momento de la torta. Un ratito más y me iba.
Aníbal sopló las velitas y su mamá me dio un pedazo de torta. Lo mordí, una parte quedó en mi boca y otra, más grande, se me fue adentro del vestido. Cuando metí la mano para sacarlo, un par de los chicos me vieron y se rieron. Antes de que se corriera el chisme fui al comedor y me senté al lado de la puerta. Ya no intentaban pellizcarme y sentía en el pecho restos de torta que no había podido rescatar. Me fijé que nadie estuviera mirando, abrí la puerta y salí corriendo; crucé la reja de entrada y fui por más: crucé Fernández. Ya era de noche y miré la escena como si estuviera muy lejos: en la casa de Aníbal seguía la fiesta sin mí, en lo de Mariana las luces estaban apagadas; dos chicos, cerca de la esquina inflaban las ruedas de una bicileta, y a la casa de mis abuelos llegaban las visitas; una pareja tocaba el timbre. Cuando se abrió la puerta crucé e hice mi aparición. Mi abuela se sorprendió pero no mucho y me dio un beso, debió creer que la mamá de Aníbal me había alcanzado. Le dijo a las visitas que yo era su nieta y me pellizcaron los cachetes.
Todavía recuerdo la adrenalina que sentí mirando desde la oscuridad, sin ser vista, lo que pasaba en toda una cuadra, aunque hoy también creo, que nunca crucé la calle. Solo me alejé un poco y era muy chiquita.

domingo, 6 de septiembre de 2009

TV Sucia

Julio pasa el dedo por la tele
está sucio, es una mugre
yo me quedo mirando
las vetas grises y blancas
antes de pasar la gamuza con el Blem
pienso y lo digo:
esto pasa por ver TN
Clarín ensucia la pantalla
y paso el trapo.