
Maestro, ¿y dale que usted se mudaba a mi calle de Tierra?
Don Eduardo pasa muchas de sus tardes en el Café El Brasilero, en
-Leí en un montón de reportajes que va siempre a ese bar. Tiene que estar ahí.
Después de recorrer bastante, y de disfrutar de la amabilidad uruguaya (una moza me dio el teléfono de su casa "Ahí tengo el teléfono de Galeano, es muy amable; llamame esta noche y te lo paso") encontré el bar. Desde afuera se veían colgados los retratos del maestro:
-Es acá.
Entramos, muertos de calor (era enero) y le pregunté al mozo:
–¿Acá es donde viene Eduardo Galeano?
Mario, como se llamaba el mozo, me respondió con una sonrisa:
-Sí. Se fue hace diez minutos...
Me dejé caer sobre una silla, no podía creerlo. Mientras Mario comentaba que recién volvería el viernes, fecha en la que yo partía de vuelta a Buenos Aires, yo miraba mi ejemplar, viejo, rotoso de tanto subte de "El libro de los Abrazos", pensaba que me lo iba a llevar firmado.
Mario advirtió mi desilusión, y nos dijo:
-¿Quieren venir a esta mesa? Es donde se sienta siempre el Maestro.
Era un lindo gesto, que tenía más de premio que de consuelo después de de todo. Nos sentamos y pedimos café con medialunas.
No había nadie más en el bar. Mario nos hablaba desde el mostrador:
-¿Son argentinos? Yo fui varias veces a Córdoba.
Unos minutos después se sentó con nosotros:
-¿Saben que hay uruguayos que no conocen a Galeano? cada dos por tres vienen a hacerle una nota desde otro país, y algún cliente me pregunta "¿Quién es el señor"? ¡Qué verguenza!
Le conté que comencé a leerlo en la facultad; que para un cumpleaños mi vieja me había regalado los tres tomos de "Memoria del Fuego", lejos, uno de los mejores regalos. Hablamos de Uruguay, de Argentina de los escritores a los que llamamos rioplatenses para hacerlos un poco más nuestros.
-Bendetti-dijo Mario-cómo lloré cuando murió Avellaneda ¡Qué terrible! y qué buena la película que hicieron. Después nos mostró un autógrafo que decía "Para mi tocayo, con cariño".
Y así pasamos la tarde, los tres rioplatenses. Don Eduardo no estaba, pero nos había dejado algo en el aire, algo de sus pequeñas historias escritas en sus diminutas libretitas, donde cabe el universo.
(Hace unos meses cerraron el Café Brasilero, Galeano se mandó una movida enorme, que terminó con el dueño del lugar pidiéndole disculpas al Maestro y comprometiéndose a reabrirlo).