sábado, 12 de septiembre de 2009

Del otro lado de Fernández

Tenía tres años, era sábado y me había quedado en casa de mis abuelos: un chalet enorme (por lo menos lo recuerdo así) en Fernández al 400, una calle tranquila con árboles y veredas anchas en Floresta. Al lado vivía una familia con varios hijos, y yo solía jugar con Aníbal, el menor de todos. El era más grande, tenía una gomera, sabía andar en bici sin rueditas y cazar insectos. Me limitaba a envidiar su sabiduría. Era el cumpleaños de Aníbal y me habían invitado. Mi abuela me hacía un vestido para cada fiesta, en esta ocasión estrené uno celeste de corte princesa.
Cerca de las cinco mi abuela me llevó, la invitaron a quedarse pero explicó que tenía gente a cenar y debía preparar la comida y que me dejó. Me aburrí, mucho. En el comedor estaba la familia y cuando las tías se cansaron de pellizcarme los cachetes luego del “esta es la nieta de Beatriz, mirá que grande que está”, ya no me prestaban atención. En el patio había muchos chicos que jugaban a ponerle la cola al burro y al huevo podrido, pero eran compañeros de escuela de Aníbal, no me conocían y eran más grandes. Por fin, después de mucha Fanta y de no agarrar nada de la piñata, llegó el momento de la torta. Un ratito más y me iba.
Aníbal sopló las velitas y su mamá me dio un pedazo de torta. Lo mordí, una parte quedó en mi boca y otra, más grande, se me fue adentro del vestido. Cuando metí la mano para sacarlo, un par de los chicos me vieron y se rieron. Antes de que se corriera el chisme fui al comedor y me senté al lado de la puerta. Ya no intentaban pellizcarme y sentía en el pecho restos de torta que no había podido rescatar. Me fijé que nadie estuviera mirando, abrí la puerta y salí corriendo; crucé la reja de entrada y fui por más: crucé Fernández. Ya era de noche y miré la escena como si estuviera muy lejos: en la casa de Aníbal seguía la fiesta sin mí, en lo de Mariana las luces estaban apagadas; dos chicos, cerca de la esquina inflaban las ruedas de una bicileta, y a la casa de mis abuelos llegaban las visitas; una pareja tocaba el timbre. Cuando se abrió la puerta crucé e hice mi aparición. Mi abuela se sorprendió pero no mucho y me dio un beso, debió creer que la mamá de Aníbal me había alcanzado. Le dijo a las visitas que yo era su nieta y me pellizcaron los cachetes.
Todavía recuerdo la adrenalina que sentí mirando desde la oscuridad, sin ser vista, lo que pasaba en toda una cuadra, aunque hoy también creo, que nunca crucé la calle. Solo me alejé un poco y era muy chiquita.

5 comentarios:

soyelhijodeorfilda dijo...

Si la torta era de chocolate, doy por hecho que fue tu urgencia la que ocasionó el "lamentable suceso". Si la consistencia de la porción exigía cierta destreza para la "actividad práctica" de comerla, alguien sobreestimó tus habilidades. En cuaqluier caso, sos inocente.

Ana María Brito dijo...

Clarooo, y como siempre yo me entero como 30 años despùes... ahora me explico a quien sale Federico. Lamento lo de tus cachetes ,pero eran para pellizcar !

Dra_Lau dijo...

que linda historia!

adivinador dijo...

Me quedé pensando en esa idea de que la calle tal vez nunca fué cruzada. Si bien le da verosimilitud a toda la historia (tan bonita) es un pensamiento que no debe crecer mucho en nuestra memoria , me parece.

Está bueno pensar que ya teníamos en la infancia la valentía de traspasar las fronteras, salir de los controles, mandarnos , re valientes.

Seguro que cruzaste, que no ni no.

Analía dijo...

hijo de Orfilda: era de chocolate, es la única torta que como!
Ana: ja! Ahora contale a la abuela que le da un ataque.
Dra. Lau: gracias y bienvenida!
Adivinador: Tiene razón; cada segundo estoy más segura de haber cruzado :)